Viernes Santo (Id=251)
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El día de hoy y el de mañana, por una
antiquísima tradición, la Iglesia omite por completo la celebración del
sacrificio eucarístico.
El altar deber estar desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros, sin
manteles.
Después del mediodía, alrededor de las tres, a no ser que por razón pastoral se
elija una hora más avanzada, se celebra la Pasión del Señor, que consta de tres
partes: Liturgia de la Palabra, Adoración de la Cruz y Sagrada Comunión. En
este día la sagrada comunión se distribuye a los fieles únicamente dentro de la
celebración de la Pasión del Señor. El sacerdote y el diácono, revestidos de
color rojo como para la misa, se dirigen al altar, y hecha la debida
reverencia, se postran rostro en tierra o, si se juzga mejor, se arrodillan, y todos
oran en silencio durante algún espacio de tiempo. Después el sacerdote, con los
ministros, se dirige a la sede, donde, vuelto hacia el pueblo, con las manos
juntas, dice una de las siguientes oraciones:
Padre nuestro misericordioso,santifica y protege siempre a esta familia tuya, por cuya salvación derramó su Sangre y resucitó glorioso Jesucristo, tu Hijo. El cual vive y reina por los siglos de los siglos.
O bien
¡Oh Dios!, tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, por
medio de su pasión ha destruido la muerte, que, como consecuencia del antiguo
pecado, a todos los hombres alcanza. Concédenos hacernos semejantes a él. De
este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza
humana, la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante,
por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre
celestial. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
El fue traspasado por nuestros crímenes
Lectura del libro del profeta
Isaías
52, 13-15; 53, 1-12
Mi siervo tendrá éxito, crecerá y
llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba
tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a
muchas naciones. Los reyes se quedarán sin palabras, al ver algo que nunca les
habían contado y comprender algo que nunca habían oído. ¿Quién creyó nuestro
anuncio? ¿A quién se manifestó el poder del Señor?
Creció ante el Señor como un retoño, como raíz en tierra árida. No tenía gracia
ni belleza para que nos fijáramos en él, tampoco aspecto atractivo para que lo
admiráramos. Fue despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y
habituado al sufrimiento; como alguien a quien no se quiere mirar, lo
despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, él llevaba nuestros
sufrimientos, soportaba nuestros dolores. Nosotros lo creíamos castigado,
herido por Dios y humillado, pero eran nuestras rebeldías las que lo
traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para
nuestro bien y con sus heridas nos sanó. Andábamos todos errantes como ovejas,
cada uno por su camino, y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. Cuando
era maltratado, él se sometía, y no abría la boca; como cordero llevado al
matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría
Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por los pecados de mi
pueblo; lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados,
aunque él no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor
quiso quebrantarlo con sufrimientos. Y si él entrega su vida como expiación,
verá su
descendencia, tendrá larga vida y por medio de él, prosperarán los planes del
Señor. Después de una vida de amarguras verá la luz, comprenderá su destino. Mi
siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de
ellos.
Por eso, le daré un puesto de honor entre los grandes y con los poderosos
participará del triunfo, por haberse entregado a la muerte y haber compartido
la suerte de los pecadores. Pues él cargó con los pecados de muchos e
intercedió por los pecadores.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17 y 25
Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu.
Pater, in manus tuas
comméndo spíritum meum.
A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado; líbrame por tu
bondad. En tus manos encomiendo mi espíritu; tú, mi Dios leal, me librarás.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Pater, in manus tuas
comméndo spíritum meum.
Soy la burla de mis agresores,
motivo de risa para mis vecinos, el espanto de mis conocidos; los que me ven
por la calle huyen de mí; olvidado de todos como un muerto, me he convertido en
un objeto inútil.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Pater, in manus tuas
comméndo spíritum meum.
Pero yo confío en ti, Señor; yo
te digo: "Tú eres mi Dios". Mi destino está en tus manos, líbrame de
los enemigos que me persiguen.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Pater, in manus tuas
comméndo spíritum meum.
Que tu rostro resplandezca
sobre tu siervo, sálvame por tu amor. Sean fuertes y anímense, todos los que
esperan en el Señor.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Pater, in manus tuas
comméndo spíritum meum.
Aprendió a obedecer y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen
Lectura de la carta a los Hebreos
4, 14-16; 5, 7-9
Hermanos: Ya que tenemos en Jesús,
el Hijo de Dios, un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos,
mantengámonos firmes en la fe que profesamos.
Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas,
sino que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado.
Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia, a fin de obtener
misericordia y encontrar la gracia de un socorro oportuno.
El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y
súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue
escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo,
aprendió sufriendo a obedecer. Llegado a la perfección, se convirtió en causa
de salvación eterna para todos los que le obedecen.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una
muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el
nombre que está sobre todo nombre.
Christus factus est
pro nobis oboédiens usque ad mortem, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltávit illum et dedit illi nomen, quod est super
omne nomen.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
† Pasión de nuestro Señor Jesucristo,
según san Juan
18, 1-40; 19, 1-42
C. En aquel tiempo, Jesús y sus
discípulos atravesaron
Jesús, que sabía todo lo que iba a ocurrir, salió a su encuentro y les
preguntó:
†. "¿A quién buscan?"
C. Ellos contestaron:
S. "A Jesús de Nazaret".
C. Les dijo Jesús:
†. "Yo soy".
C. Judas, el traidor, estaba allí con ellos. En cuanto les dijo:"Yo
soy", retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les preguntó de nuevo:
†. "¿A quién buscan?"
C. Volvieron a contestarle:
S. "A Jesús de Nazaret".
C. Jesús les dijo:
†. "Ya les he dicho que soy yo. Por tanto, si me buscan a mí, dejen que
éstos se vayan".
C. Así se cumplió lo que él mismo había dicho: "No he perdido a ninguno de
los que me diste".
Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió con ella a un
criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Pero Jesús dijo a Pedro:
†. "Guarda tu espada. ¿Es que no debo beber este cáliz de amargura que el
Padre me ha preparado?"
C. Los soldados romanos, con su comandante al frente, y la guardia judía,
arrestaron a Jesús y le ataron las manos. Acto seguido, lo condujeron a casa de
Anás, el cual era suegro de Caifás,
que era sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que
había aconsejado a los judíos: "Conviene que muera un solo hombre por el
pueblo".
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo, que era conocido
del sumo sacerdote, entró al mismo tiempo que Jesús en el patio interior de la
casa del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, tuvo que quedarse fuera junto a la
puerta, hasta que el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la
portera y consiguió que lo dejara entrar. Pero la portera preguntó a Pedro:
S."¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?"
C. Pedro le contestó:
S. "No, no lo soy".
C. Como hacía frío, los criados y la guardia habían preparado una fogata y
estaban en torno a ella calentándose. Pedro estaba también con ellos
calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza.
Jesús declaró:
†. "Yo he hablado siempre en público. He enseñado en las sinagogas y en el
templo, donde se reúnen todos los judíos. No he enseñado nada clandestinamente.
¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído, y ellos podrán
informarte".
C. Al oír esta respuesta, uno de los guardias, que estaba junto a él, le dio
una bofetada, diciéndole:
S. "¿Cómo te atreves a contestar así al sumo sacerdote?"
C. Jesús le dijo:
†. "Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por
qué me pegas?"
C. Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote.
Mientras Simón Pedro estaba junto a la fogata, calentándose, uno le preguntó:
S. "¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?"
C. Pedro lo negó diciendo:
S. "No, no lo soy".
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien Pedro había
cortado la oreja, le insistió:
S. "¿Cómo que no? Yo mismo te vi en el huerto
con él".
C. Pedro volvió a negarlo. Y en aquel momento cantó el gallo.
Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás
hasta el palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el
palacio para no contraer impureza legal, y poder celebrar así la cena de
pascua. Pilato, por su parte, salió adonde estaban
ellos y les preguntó:
S. "¿De qué acusan a este hombre?"
C. Ellos le contestaron:
S. "Si no fuera un criminal, no te lo habríamos entregado".
C. Pilato les dijo:
S. "Llévenselo y júzguenlo según su ley".
C. Los judíos dijeron:
S. "Nosotros no estamos autorizados para condenar a muerte a nadie".
C. Así se cumplió la palabra de Jesús, que había anunciado de qué forma iba a
morir. Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a
Jesús y le interrogó:
S. "¿Eres tú el rey de los judíos?"
C. Jesús le contestó:
†. "¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?"
C. Pilato respondió:
S. "¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y lo sumos sacerdotes
los que te han
entregado a mí. ¿Qué has hecho?"
C. Jesús le explicó:
†. "Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran
luchado para impedir que yo fuera entregado a los judíos. Pero no, mi reino no
es de este mundo".
C. Pilato insistió:
S. "Entonces, ¿eres rey?"
C. Jesús le respondió:
†. "Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de
C. Pilato le preguntó:
S. "¿Y qué es la verdad?"
C. Después de decir esto, Pilato salió de nuevo y
dijo a los judíos:
S. "Yo no encuentro delito alguno en este hombre. Pero como ustedes tienen
derecho a que les ponga en libertad un prisionero durante la fiesta de la
pascua, ¿quieren que deje en libertad al rey de los judíos?"
C. Pero ellos seguían gritando:
S. "¡No, a ése no! ¡Deja en libertad a Barrabás!" (El tal Barrabás
era un bandido).
C. Entonces Pilato ordenó que lo azotaran. Los
soldados prepararon una corona de espinas y se la pusieron en
S. "¡Salve, rey de los judíos!"
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió, una vez más, y
les dijo:
S. "Miren, lo traigo de nuevo para que quede bien claro que yo no
encuentro delito alguno en este hombre".
C. Salió, pues, Jesús afuera. Llevaba sobre su cabeza la corona de espinas y
sobre sus hombros el manto rojo. Pilato lo presentó
con estas palabras:
S. "¡Este es el hombre!"
C. Los sumos sacerdotes y los guardias, al verlo, comenzaron a gritar:
S. "¡Crucifícalo, crucifícalo!"
C. Pilato les dijo:
S. "Llévenselo ustedes y crucifíquenlo; porque yo no encuentro delito
alguno en él".
C. Los judíos insistieron:
S. "Nosotros tenemos una ley y, según ella, debe morir, porque se ha
presentado a sí mismo como Hijo de Dios".
C. Al oír esto, Pilato sintió aún más miedo. Entró de
nuevo en el palacio y preguntó a Jesús:
S. "¿De dónde eres tú?"
C. Pero Jesús no le contestó. Pilato le dijo:
S. "¿Te niegas a contestarme? ¿Es que no sabes que yo tengo autoridad,
tanto para dejarte en libertad como para ordenar que te crucifiquen?"
C. Jesús le respondió:
†. "No tendrías autoridad alguna sobre mí, si no te la hubieran dado de lo
alto; por eso, el que me entregó a ti tiene más culpa que tú".
C. Desde ese momento Pilato intentaba ponerlo en
libertad. Pero los judíos le gritaban:
S. "Si pones en libertad a ese hombre, no eres amigo del emperador romano.
Porque cualquiera que tenga la pretensión de ser rey, es enemigo del
emperador".
C. Pilato, al oír esto, mandó que sacaran fuera a
Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar conocido con el nombre de
"Enlosado" (que en la lengua de los judíos, se llama "Gábbata"). Era la víspera de la fiesta de la pascua,
hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos:
S. "¡Aquí tienen a su rey!"
C. Ellos comenzaron a gritar:
S. "¡Mátalo! ¡Crucifícalo!"
C. Pilato insistió:
S. "¿Cómo voy a crucificar a su rey?"
C. Pero los sumos sacerdotes contestaron:
S. "Nuestro único rey es el emperador romano".
C. Entonces Pilato les entregó a Jesús para que lo
crucificaran.
Se hicieron, pues, cargo de Jesús quien, llevando a hombros su propia cruz,
salió de la ciudad hacia un lugar llamado "La Calavera" (que en la
lengua de los judíos se dice "Gólgota"). Allí lo crucificaron junto
con otros dos, uno a cada lado de Jesús.
Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un
letrero con esta inscripción: "Jesús de Nazaret,
el rey de los judíos". Leyeron el letrero muchos judíos, porque el lugar
donde Jesús había sido crucificado estaba cerca de la ciudad, y estaba escrito
en hebreo, en latín y en griego. Los sumos sacerdotes se presentaron a Pilato y le dijeron:
S. "No escribas: "El rey de los judíos", sino más bien:
"Este hombre ha dicho: Yo soy el rey de los judíos"".
C. Pilato les contestó:
S. "Lo que he escrito, escrito queda".
C. Los soldados, después de crucificar a Jesús, se apropiaron de sus vestidos e
hicieron con ellos cuatro partes, una para cada uno. Dejaron aparte
S. "Es mejor que no la dividamos, vamos a sortearla para ver a quién le
toca".
C. Así se cumplió este texto de la Escritura:
Dividieron entre ellos mis vestidos y mi túnica la echaron a suertes.
Eso fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús
estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María
Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto
amaba, dijo a su madre:
†. "Mujer, ahí tienes a tu hijo".
C. Después dijo al discípulo:
†. "Ahí tienes a tu madre".
C. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya. Después Jesús,
sabiendo que todo se había cumplido, para que también se cumpliera la
Escritura, exclamó:
†. "Tengo sed".
C. Había allí una jarra con vinagre. Los soldados colocaron en la punta de una
caña una esponja empapada en el vinagre y se la acercaron a
†. "Todo está cumplido".
C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Aquí todos se arrodillan y oran en silencio unos instantes.
C. Como era el día de la preparación de
la fiesta de pascua, los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz
aquel sábado, ya que aquel día se celebraba una fiesta muy solemne. Por eso
pidieron a Pilato que ordenara romper las piernas a
los crucificados y que los bajaran de
Fueron
El que vio estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. El
sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que
se cumpliera la Escritura, que dice: No le quebrarán ningún hueso. La Escritura
dice también en otro pasaje: Mirarán al que traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo
de Jesús, aunque lo mantenía en secreto por miedo a los judíos, pidió
autorización a Pilato para retirar el cuerpo de
Jesús. Pilato se lo concedió.
Entonces él fue y tomó el cuerpo de Jesús. Llegó también Nicodemo,
el que en una ocasión había ido a hablar con Jesús durante la noche, con unos
treinta kilos de una mezcla de mirra y perfume. Entre los dos se llevaron el
cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino bien empapadas en la mezcla
de mirra y perfume, según la costumbre judía de sepultar a los muertos.
Cerca del lugar donde fue crucificado Jesús había un huerto y, en el huerto, un
sepulcro nuevo en el que nadie había sido enterrado. Allí, pues, depositaron a
Jesús, dado que el sepulcro estaba cerca y era la víspera de la fiesta de
pascua.
Hasta aquí la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Juan.
[Misa]
`
La Liturgia de la Palabra se
termina con
Las Conferencias Episcopales
pueden aprobar algunas aclamaciones del pueblo antes de cada oración del
sacerdote o disponer que se conserve la invitación tradicional del diácono:
Pongámonos de rodillas, Pueden levantarse y la costumbre de que los fieles se
arrodillen en silencio durante la oración.
Cuando hay una grave necesidad
pública, el Ordinario del lugar puede permitir o prescribir que se añada
alguna intención especial.
De las oraciones que se
presentan en el Misal, el sacerdote puede escoger las que sean más apropiadas
para las circunstancias del lugar, cuidando, sin embargo, de que se conserve la
serie de intenciones establecidas para la Oración Universal.
I. Por
Oremos, hermanos y hermanas, por
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo revelaste tu gloria a todas las
naciones, conserva la obra de tu amor para que tu Iglesia, extendida por todo
el mundo, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
II. Por el Papa
Oremos también por nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, para que Dios nuestro Señor, que lo eligió entre los obispos, lo asista y proteja para bien de su Iglesia como guía y pastor del pueblo santo de Dios.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, cuya providencia gobierna todas las cosas:
atiende nuestras súplicas y protege con tu amor al Papa que nos has elegido,
para que el pueblo cristiano, confiado por ti a su guía pastoral, progrese
siempre en
Por Jesucristo
Amén.
III. Por el pueblo de Dios y sus
ministros
Oremos también por nuestros obispos, presbíteros, diáconos, y por todos los miembros del pueblo santo de Dios.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que con tu Espíritu santificas y gobiernas a
toda tu Iglesia; escucha las súplicas que te dirigimos por todos sus miembros,
para que, con la ayuda de tu gracia, cada uno te sirva fielmente en la vocación
a que les has llamado.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
IV. Por los catecúmenos
Oremos también por los catecúmenos, para que Dios nuestro Señor les ilumine interiormente y les comunique su amor; y para que, mediante el bautismo, se les perdonen todos sus pecados y queden incorporados a Cristo, nuestro Señor.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que sin cesar concedes nuevos hijos a tu
Iglesia; aumenta en los catecúmenos el conocimiento de su fe, para que puedan
renacer por el bautismo a la vida nueva de tus hijos de adopción.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
V. Por la unidad de los cristianos
Oremos también por todos los hermanos que creen en Cristo, para que Dios nuestro Señor les conceda vivir sinceramente lo que profesan y se digne reunirlos para siempre en un solo rebaño.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que reúnes a los que están dispersos y los
mantienes en la unidad: mira con amor a todos los cristianos, a fin de que
cuantos están consagrados por un solo bautismo formen una sola familia unida
por el amor y la integridad de
Por Jesucristo
Amén.
VI. Por los judíos
Oremos también por el pueblo judío, al que Dios se dignó hablar por medio de los profetas, para que el Señor le conceda progresar continuamente en el amor a su nombre y en la fidelidad a la alianza que selló con sus padres.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que prometiste llenar de bendiciones a Abrahán y
su descendencia; escucha las súplicas de tu Iglesia y concede al pueblo de la
primitiva alianza alcanzar la plenitud de
Por Jesucristo
Amén.
VII. Por los que no creen en
Cristo
Oremos también por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo, encuentren también ellos el camino de la salvación.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo buscar
sinceramente agradarte para que encuentren la verdad; y a nosotros, tus fieles,
concédenos progresar en el amor fraterno y en el deseo de conocerte más, para
dar al mundo un testimonio creíble de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
VIII. Por los que no creen en Dios
Oremos también por los que no admiten a Dios, para que obren siempre con bondad y rectitud y puedan alcanzar el premio de llegar a él.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los seres humanos para que
te busquen, y, sólo al encontrarte, hallen descanso; concédenos que, en medio
de las adversidades de este mundo, todos reconozcan las señales de tu amor y,
estimulados por el testimonio de nuestra vida, tengan por fin la alegría de
reconocerte como único Dios y Padre de todos los seres humanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
IX. Por los gobernantes
Oremos también por los gobernantes de todas las naciones, para que Dios nuestro Señor les inspire decisiones que promuevan el bien común en un ambiente de paz y libertad.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, en cuyas manos está mover el corazón de los
seres humanos y defender los derechos de los pueblos; asiste a los que
gobiernan para que, con tu ayuda, promuevan una paz duradera, un auténtico
progreso social y una verdadera libertad religiosa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
X. Por los que se encuentran en
alguna tribulación
Oremos, hermanos y hermanas, a Dios Padre todopoderoso por todos los que en el mundo sufren las consecuencias del pecado, para que cure a los enfermos, dé alimento a los que padecen hambre, libere de la injusticia a los perseguidos, redima a los encarcelados, conceda volver a casa a los emigrantes y desterrados, proteja a los que viajan y dé la salvación a los moribundos.
Se ora un momento en silencio. Prosigue el
celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los que lloran y fuerza de los que
sufren: lleguen hasta ti las súplicas de quienes te invocan en su tribulación,
para que sientan en sus adversidades la ayuda de tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Se lleva al altar la cruz
cubierta, acompañada por dos ministros con velas encendidas. El celebrante, de
pie ante el altar, toma la cruz, descubre un poco su extremo superior y la
eleva, comenzando a cantar el invitatorio "Miren el árbol de la
cruz". Todos responden "Vengan a adorarlo". El celebrante
descubre el brazo derecho de la cruz y, elevándola de nuevo, canta la
invitación "Miren el árbol de la cruz", y prosigue como la primera
vez. Finalmente descubre por completo la cruz y, elevándola, comienza por
tercera vez el invitatorio "Miren el árbol de la cruz", y el pueblo
responde "Vengan a adorarlo".
El celebrante el clero y los fieles se acercan procesionalmente y adoran la
cruz, haciendo delante de ella una genuflexión simple o venerarla besándola.
Mientras tanto, se canta la antífona "Tu cruz adoramos", los
Improperios u otros cánticos apropiados.
Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el árbol de la cruz ha venido la alegría al mundo entero.
El Señor tenga piedad de nosotros y nos bendiga, que nos muestre su rostro
radiante y misericordioso.
Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por
el árbol de la cruz ha venido la alegría al mundo entero.
El Señor tenga piedad de nosotros y nos bendiga, que nos muestre su rostro radiante y misericordioso.
Pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Respóndeme.
Yo te saqué de Egipto; tú preparaste una cruz para tu Salvador.
Santo es Dios. Santo y fuerte. Santo e inmortal, ten piedad de nosotros.
Yo te guié cuarenta años por el desierto, te alimenté con el maná, te introduje en una tierra excelente; tú preparaste una cruz para tu Salvador.
Santo es Dios. Santo y fuerte. Santo e inmortal, ten piedad de nosotros.
¿Qué más pude hacer por ti? Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa. ¡Qué amarga te has vuelto conmigo! Para mi sed me diste vinagre, con la lanza traspasaste el costado a tu Salvador.
Santo es Dios. Santo y fuerte. Santo e inmortal, ten piedad de nosotros.
RITO DE LA COMUNION
Celebrante:
Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:
El celebrante, con las manos extendidas, y todos los presentes prosiguen:
Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a
nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos
hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos
del mal.
(Pater noster, qui es in cælis: sanctificétur
nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut
in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum
da nobis hódie; et dimítte nobis débita
nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in tentatiónem; sed líbera nos a malo.)
El celebrante con las manos extendidas, prosigue
él solo:
Líbranos, Señor, de todos los males, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Junta las manos. El pueblo concluye la plegaria
aclamando:
¡Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre,
Señor!
(Quia tuum
est regnum, et potéstas, et glória in sæcula.)
A continuación el celebrante, con las manos
juntas, dice en secreto:
Señor Jesucristo, que esta comunión de tu Cuerpo
que me atrevo a recibir, no sea para mí causa de condenación, sino que, por tu
piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable.
Seguidamente hace genuflexión, toma una hostia
y, sosteniéndola un poco elevada sobre el copón y vuelto hacia el pueblo, dice
en voz alta:
Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Y juntamente con el pueblo, prosigue:
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya
bastará para sanarme.
(Dómine, non sum dignus ut intres
sub tectum meum: sed tantum dic verbo, et sanábitur ánima mea.)
Luego, comulga reverentemente el Cuerpo de
Cristo. Después distribuye a los fieles
Oración después de
Dios
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Oremos:
Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre este pueblo, que ha
celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección; venga
sobre él tu perdón, concédele tu consuelo, acrecienta su fe y consolida en él
la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.